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Contra los poetas: Los insectos de Javier Tomeo

Foto: Internet
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Hay varias características que podemos enumerar de Javier Tomeo (1932-2013), escritor fallecido hace pocos años en Barcelona. Por ejemplo, la brevedad de sus novelas, los largos monólogos de sus personajes, su sentido del humor, su extraña afición por los insectos, entre otros que podremos notar en sus varias obras. Pero hay algo que es lo más importante: ser impredecible en su temas narrativos. Cuando pareciera que tenemos claro el desenlace, Tomeo saca sus mejores herramientas literarias y nos vuelve a dejar pasmados, impide que dejemos de leerlo por que es una buena intriga. Además de que pareciera que le gusta que lo leamos de un tirón. Dos o tres horas es el tiempo máximo que se invierte en cada uno de sus libros.

Todas las anécdotas que leeremos de él, de alguna manera nos tocan, ya sea en experiencia propia o de algún contertulio que nos haya contado algo. Pero incluso en este algoritmo, Tomeo también acierta a tocarnos la tapa de la imaginación para utilizarla como posibilidades de materialización literaria y dejarle el juego libre a la imaginación en el acto de lectura. Si se quiere, también se puede hacer ejercicio reflexivos con sus novelas, pero igual funciona si sólo hay una actitud contemplativa. De Tomeo podemos esperar cualquier cosa, desde la premeditación hasta lo aleatorio, o ¿una simple ironía la de este autor? Veamos.

En “El castillo de la carta cifrada”, un criado recibe de su amo una larga lista de recomendaciones que, de tanto poner atención, seguro se le olvidarán. Todo aquello con la simple intención de entregar una carta a un castillo retirado a dos horas de distancia. De aquél personaje ausente y anónimo, que da las instrucciones, no sabremos su nombre. Nada de él sino la voz que narra a través de la imaginación de Tomeo. Pareciera que la carga emocional recaería en el pobre misionero, pero no será así del todo. Aquél personaje anónimo incluso se mostrará siniestro con su subalterno.

El caso es que aquél anónimo manda a don Demetrio, su criado, a entregar una misteriosa carta. Eso es el inicio de todo lo inesperado y humorístico del relato, que tendrá un desenlace un poco raro. El asunto es que don Demetrio deberá poner atención a todas las sugerencias irrisorias de su amo, porque de entrada le pide que acuda a entregar la epístola vestido de verde, con un par de ranas también verdes ocultas en sus bolsillos. La carta estará mal redactada a propósito, con caligrafía horrible. En ella, las emes no tienen tres palitos, sino cuatro, el punto de la íes está colocado sobre la letra posterior o anterior a la que corresponde, sin espacios entre palabra y palabra. De hecho, toda la carta es una sola e inmensa palabra, que no significa nada. Es por eso que don Demetrio temblará de miedo por todo lo que le podría suceder si algo saliera mal. Quizá por eso, en algún momento del relato, dirá que “los corazones de todos aquellos a quienes necesitamos se sitúan siempre en el centro de un laberinto”.

De esta manera, Javier Tomeo extiende la tensión misteriosa del desenlace, del final. La capacidad e interpretación de las palabras y las infinitas variaciones de lo posible hacen que sus novelas sean como el inicio del juego de ajedrez, en donde cada movimiento de piezas darán otras múltiples posibilidades para contrarrestar los ataques del rival.

Otro de sus libros es “El cazador de leones”. En el que aparece otra vez un personaje anónimo, misterioso, con un largo monólogo que impedirá otorgarle la palabra a su interlocutura, una mujer que recibe una llamada equivocada de un tipo que se dice ser un experto cazador de leones. La mujer -se puede inferir a lo largo del relato- tratará de explicarle que no lo conoce, que se equivocó de número, que tiene que colgar la llamada para ir a atender sus asuntos. Pero su interlocutor pasará por alto las objeciones de esta mujer.

El asunto es que esa larga perorata se convertirá, a ratos, en cualquier discusión exasperada de parejas que discuten por cualquier cosa. El sentido del humor otra vez será notorio en Tomeo.

A la postre, mediante las palabras y el lenguaje utilizado por este personaje, llamado Duvalier, nos formaremos una idea de su cuerpo, de las congojas de este sujeto, que pese a su nombre y a las ínfulas que se otorga de viajero y hombre de mundo, no es más que un simple ser solitario que ha empleado años en perfeccionar su técnica de conversación con extraños, amparado en la distancia y anonimato, ventajas para él que le otorgan los aparatos telefónicos.

Javier Tomeo es uno de mis entrañables.

Jose Rivera Guadarrama

Jose Rivera Guadarrama

Tiene estudios en filosofía, periodismo, contracultura y montajes alternos, historia del arte y en teoría crítica de la religión. Finalista del Premio de Poesía Andrés Salom, Murcia, España, 2011. Ex Tenebra (2014) es su primer poemario. Considera que hacer apología de la mentira es un acto de purificación.
Jose Rivera Guadarrama

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